• Blog de un maestro

Aprender a agacharse

Con toda la situación que estamos viviendo, el aislamiento y la posterior desescalada hemos visto cómo en muy pocas o ninguna ocasión se tenía en cuenta a la infancia a la hora de interpretar la situación. Llegamos hasta el punto de ver al vicepresidente del gobierno pidiendo disculpas a los niños por esto. Al menos, se tuvo ese gesto. Pero esto es una anécota por decirlo de alguna manera.


Me hizo reflexionar hasta que punto, los adultos decidimos y pensamos desde nuestra realidad de adultos sobre cuestiones que les afectan, pero no miramos la realidad desde donde ellos y ellas la viven.


Ya la Convención sobre los Derechos del Niño de 1990 recoge el derecho de participación como el derecho de niños y adolescentes a ser consultados sobre las situaciones que les afectan y a que sus opiniones sean tenidas en cuenta.


Estamos hablando de los Derechos de la Infancia que son de obligado cumplimiento para todos los países que han firmado la convención, que como dato curioso te diré que son todos excepto Estados Unidos.

Acerquémonos un poco más a nuestra realidad. En tu aula o en tu casa si convives con niños y niñas. ¿Sueles al menos consultarle las decisiones que van a afectarle? La distribución del espacio, los compañeros con los que tendrá que sentarse a trabajar, la forma en la que trabajremos... ¿Te has parado al menos a escucharles? Ya te digo yo que la respuesta de al menos el 80% de los que van a leer esto es o debería ser que no. Yo soy también de esos.


Y ojo, no estoy diciendo que ellos sean quienes decidan, simplemente que les escuchemos y tomemos la decisión que sea después de haber oido qué piensan al respecto.


Es que no respetamos a la infancia por mucho que queramos pensar que sí lo hacemos.


En nuestro día a día, en casa, en la calle, en la escuela... pecamos de adultocentrimsmo. Esto no tiene excusa en ninguno de los casos, los niños y niñas son ciudadanos de pleno derecho desde el momento de su nacimiento en el que se les otorga una nacionalidad. Pero diría que tienen mayor delito si esto sucede entre aquellas personas que nos dedicamos precisamente a la infancia y que decimos que esta es nuestra vocación.


Si realmente queremos poner al niño y la niña en el centro del sistema educativo debemos aprender a agacharnos, a vivir y mirar desde su realidad.


Con esto no quiero decir que dejemos de ser adultos ni mucho menos, pero tenemos que hacer el ejercicio de bajar de nuestra altura a la suya, de nuestros problemas a los suyos, de nuestras preocupaciones a las suyas. Debemos aprender a agacharnos.


Creo que ni ahora que me planteo seriamente esto, soy consciente de todo lo que cambiaría si hiciera esto de verdad. Pero desde luego tengo claro que quiero que poco a poco mi mirada vaya evolucionando, que mis decisiones vayan cambiando, que mi paradigma sea otro.


Te invito a que cuando vayas a tomar una decisión, pares y reflexiones sobre qué interés está primando. Por ejemplo, a la hora de evaluar en clase, si eliges un modelo de evaluación que sea sencillo de corregir, como por ejemplo una prueba tipo test, estará primando tu interés de adulto de pasar menos tiempo haciendo una tarea desagradable como la de corregir. Si el interés que prima es el de tus alumnos y alumnas, buscarás un sistema de evaluación que responda a la mejor y más sana manera de comprobar su proceso de aprendizaje, y posiblemente optes por una observación continua y constante de su evolución, sin una prueba específica. Porque tus alumnos no aprenden todos del mimso modo, ni es justo para ellos que les califiques o evalúes por un momento concreto, en unas circunstancias concretas, bajo presión y estrés. Esto será lo que te piden, lo que decidas o lo que se ha hecho siempre, pero no será una opción tomada primando el interés de menor.


Esto, que es tan simple, conllevaría toda una revolución del sistema educativo.


Si escuchásemos a los alumnos y alumnas y las decisiones se tomasen primando el interés del menor:

  • ¿Las sillas y pupitres del aula serían las mismas?

  • ¿Los horarios y tiempos se distribuirían de la misma manera?

  • ¿Las actividades que realizas en clase serían las mismas?

  • ¿Los textos de lectura los seguirías eligiendo tú e iguales para tus 25 alumnos?


Y así podríamos seguir replanteándonos la decoración del centro, la existencia de zonas verdes, etc...


Para poner al niño y la niña en el centro, tenemos que esucharles, tenemos que agacharnos, tenemos que ser capaces de ver el mundo desde sus ojos.


¿Y que qué puedo hacer yo?

Ahora voya pecar de simplista y voy a reducir toda esta reflexión que tendría unas repercusiones gigantescas a cuatro ejemplos que de nada servirán, salvo porque podrán suponer que nos reorientemos para empezar a dar pasos en la buena dirección.


Entiendo que no podemos cambiarlo todo, ni todo depende de nosotros, pero te voy a decir cuatro cosas que se me ocurren así de pronto que pueden ayudarte a reorientar la mirada y empezar a cambiar el paradigma.


1. Dales libertad para aquello para lo que tú la tienes.


Como adulto en tu aula te mueves libremente, puedes beber agua cuando lo necesitas, puedes ir al servicio cuando lo necesitas. ¿Por qué tus alumnos no? ¿Por que no saben regularse para que no sea un caos? Enséñales.


No concibo que como adultos le digamos a un niño cuando tiene que tener sed, cuándo tiene que hacerse pipí o cuándo tiene que tener hambre. Pero lo hacemos, cada mañana, en cada aula de cada esucela. ¡Les reñimos por tener ganas de ir al baño fuera del descanso!


Si tú como adulto puedes elegir beber agua, dale esa libertad a tus alumnos o alumnas. Enséñale técnicas o habilidades para evitar los riesgos que detectes. Si ves que salen constantemente del aula interrumpiendo el ritmo de la clase, diles que traigan su propia botella. Si crees que pueden derramar la botella y mojar sus materiales ofréceles un lugar seguro para dejar las botellas.


El primer día, todos querrán beber agua todo el rato. Cuando esto ya no sea una novedad, beberán cuando realmente tengan sed, tal y como lo haces tú.


Exactamente lo mismo pasa con ir al baño o poder moverse.


2. Coloca el material a su altura.

Hacemos que los niños y niñas se desenvuelvan en un mundo hecho a la medida de los adultos y colocamos el material que tienen que usar en una estantería de dos metros que hace que dependan de ti para poder cogerlos.


Colocar el material a su altura y alcance, les hace independientes y autónomos. Recolocar el aula para que esto sea así te hará darte de frente con multitud de dificultades, te falta mobiliario, no puedes adaptar todo el aula... ¡Aquí empezarás a ver que tu aula no está preparada para ellos!


3. Usa sus mismos espacios.

No se vosotros y vosotras, pero en mi aula la silla del profesor es diferente a la de los alumnos. Está acolchada y tiene reposabrazos. Igualmente, la mesa es prácticamente cuatro veces más grande que la de ellos.


Te sugiero que no la uses y la destines a otros usos compartidos con ellos. Por ejemplo, que la silla especial sea la de lectura en voz alta y se sienten ahí para leer a sus compañeros, o cualquier otra actividad "especial".


Para tí, utiliza una silla como la de ellos pero a tu altura. Por ejemplo usando una de los cursos superiores. ¿Cuánto tiempo aguantarías sentado ahí? ¿Cuánto tiempo tardarías en querer moverte, sentarte "mal" con las piernas cruzadas o levantarte? Aquí empezarás a entender a tus alumnos y alumnas.


Igual con la mesa, utiliza la misma que tienen ellos y ellas. ¿Te cabe todo el material que necesitas? ¿También se te caen los lápices cuando mueves el libro?


Quizás después de vivir un tiempo esta realidad te plantees volver a regañarles por ciertas cuestiones.


4. Agáchate.

Literalmente, tal y como suena. Ponte a su altura. Al hablarles, nivela tus ojos y los suyos, que no tengan que estar mirando hacia arriba todo el rato. Y desde su altura, prueba y observa todo a tu alrededor. Contempla el cambio de perspectiva.


¿Se leen bien los carteles del aula desde la posición de los niños? ¿La distribución de clase hace que unos compañeros dificulten la visión de otros por estar delante?



Reflexiona y toma las decisiones que sean necesarias desde este punto de vista.


Porque no pierdes el respeto ni la autoridad por agacharte, por usar sus medios y escenarios. Lo único que cambia es que le estás dando la dignidad que tienen como personas al igualarlos contigo. Obviamente tu rol de docente será diferente al suyo como alumno o alumna, pero la dignidad como persona, esa es la misma. Y eso se respeta cuando no necesitamos estar por encima para reafirmarnos, cuando somos capaces de ponernos en su lugar, comprender su forma de ver y entender el mundo y desde ahí, tratarles con respeto y cariño. Esto es realmente poner la infancia en el centro y que ellos y ellas sean lo verdaderamente importante en tu aula.